Press

Su pintura es compulsiva, intensa, contenida solo por los muros que los bastidores levantan. No hay evidencia racional en su narratividad, todo parece consumido por un deseo profundo, un deseo que, derramado en la superficie del lienzo, pretende arrasar con todo vestigio que no dignifique la pesadumbre. Sorprende la manera en que Brian Sánchez construye una visualidad ausente de intersecciones, de empastes, yuxtaposiciones o intervalos; su manera de pintar mucho me recuerda el despropósito en I Ain’t Got Nothing but the Blues de Duke Ellington, donde todo irrumpe de una manera intempestiva. Todo parece devorado por un vórtice del cual emana una fuerza no siempre descriptible.

Si todo lo anterior me parece cierto, la pintura de Brian Sánchez es también un forcejeo permanente con la memoria, con sus poderes asociados. En la memoria habitamos, desde la memoria añoramos todo aquello que nos apasiona y nos ciega. Todo aquello que nos atormenta en los juegos del azar. Como el Jardín en el que Bárbara se extravía e hilvana, desde su memoria, una narración lírica.

Santos trabaja con imágenes no previsibles que, por tal, no son cliché en su morfología. Sus seres participan de una ingravidez, ausente de reinos, de morada precisa, transados por la mordaza del silenciamiento. Su obra es un ejercicio de percepción corporal, monólogo sesgado por el vértigo aquilatado que hace mella y deja una herida. Sinuosa es toda la animadversión, la intimidad de ese trazo que es la cuerda del ahorcado en la arqueología del mutismo. Exilio, inxilio, ostracismo perturbador, maquillado en su soledad con una carcajada iridiscente.

The work of Sandra and Emmanuel is a sort of old-fashioned hyper- realism –many times best solved with photography– and a “playful” effort of representation. The symbolical effectiveness that results from this relation places the work of these artists in a poetic ubiquity that becomes complementary in an apparent opposition. Eros and Thanatos, order and chaos, doctrine and epistemics, verse and reverse, sonority and sound of the Taoists. This ubiquity, shown through the work of Sandra and Emmanuel, is a “hindrance” derived from a post-revolutionary romanticism that, far from being an immaterial element that obstructs the action, boosts it once it focuses on the human figure lacking any political ideology; the human being as such, with his weaknesses and desires. The painting subjects in his work are halfway in the representation, trying to find themselves in an existential dimension.

Es cierto que Lisyanet Rodríguez y Maikel Domínguez están en la antípodas visuales, sin embargo, lo que los hace confluir es un ejercicio crítico en torno a uno de los modos canónicos de la pintura occidental; demostrando las capacidades infinitas de un medio que se niega a ser constreñido a una forma específica. Con un dominio poco usual del dibujo y la pintura, estos dos creadores establecen una visualidad no siempre encapsulada en lo que se ha conocido como abstracción, retrato, hiperrealismo o pop-art. Mas bien, valiéndose de las técnicas asociadas a estas formas seculares, producen una visualidad más cercana a lo que Cortázar llamó “cronopio”; suerte de estructura disipativa o rizomática, inasible, indefinible en toda su extensión y magnitud.

The nostalgia distilled by the work of Lázaro R Falcón can lead us to a reflection on the essential unity where there was no difference between thought and language, where things did not have to be named to be called. The pathological anguish of this “search” for lost time induces a rusty sensation where Falcón offers his neck as Saint Dionysius of Paris who, decapitated, was kissing his head. It is true that Lázaro Ramón Falcón looks for something he does not pursue; it is also true that the disturbing and anodyne plenitude of his painting –thick paint– underscores the riddle that gives way to a visuality loaded with suffocating mystery.

Andy Llanes Bultó has created an evocative and beautiful body of work of complex simplicity. At first sight they are bodies enduring a burden, a feeling they try to expurgate through the earnest contortion of their gestures. The chromatic reduction underlines that feeling. More than a chromatic reduction, Andy Llanes intends to achieve a deepening, an exploration with the sole purpose of stressing the pathos of the ineffable. With strong influences from Impressionism and photo-realism, Andy Llanes abounds in techniques that end in an exercise of profound seduction and eroticism. A seduction full of hidden aspects, of small, very fragile frightening winks. His choice of a compulsory circularity for his “framings” is noteworthy. The circular form in most of his canvases recalls the profound state of perfection of the spheres in the orphic world, an experience of the senses that destroys time and leads to moral purity. The infinite circularity introduces a dynamics that is closer to the germinative search than to the perpetual cutting of the lines as conclusive causality.

La sangre, una y otra vez pero nunca la sangre asociada a los misterios del revelado, a la química que hace aflorar las imágenes fantasmales que habitan el papel fotográfico. Y es que quizás Reinaldo Cid sea una suerte de hechicero griego o alquimista adorador de deidades primigenias. Nadie sabe si en estos andares cultive para sí, la flor moly que con sangre del gigante Picolo, ayudó a Odiseo a vencer a Circe. No podemos asegurar si su encierro fotográfico, no sea más que un pretexto para descender al Hades y retornar a la luz cargando consigo tantas campanas enmudecidas por la inmovilidad y la desidia.

Avistando el desasosiego que inunda el mundo con la imagen digital, Reinaldo, regresa en un empecinado ejercicio de genuflexión a los procedimientos primordiales, no para reproducirlos, no para ennoblecerse como el felino que nos asedia en el ímpetu de la ternura, sino para repensarlos. Aquí yace su agudezas conceptual y formal. El diálogo con una tradición fotográfica subvierte la discursividad y causalidad que, al decir de José Lezama Lima “se vuelve monótona y empobrecida”.

Yuniel Delgado Castillo construye una figuración ausente de rostros, suerte de manierismo invertido en una secularidad asqueada de trazos relamidos y en HD. Lo desconcertante de su obra radica en el poder expresivo de sus actantes, ausentes de trascendencia e hiperbolación. Es cierto que su trabajo nos puede conducir a una reflexión comparativa sobre el arte, sin embargo se hace irrelevante diluirse entre asunciones o negaciones sobre la conformación de la obra. Lo verdaderamente importante es la fuerza expresiva de la imagen, la peculiar manera en que la composición guarda el equilibrio en el silencio; la manera en la que el rostro de piedra guarda para sí la configuración momentánea en la ensoñación. Basta ya de buscar el fundamento analítico del arte contemporáneo y detengámonos en la fuerza telúrica que ha sido agazapada en un bastidor.